28 dic. 2011

Dolly Oesterreich


Fred Oesterreich era un hombre grande que tenía un gran apetito y fumaba grandes cigarros. Eso era todo lo que Frank tenía grande. Era dueño de una próspera fábrica de delantales, por 1903, en Milwakee, Wisconsin. La esposa de Fred, Walburga, era una mujer bellísima, con una figura que podía despertar a un muerto. Los Oesterreich, simplemente, no se llevaban bien. Claro, habían estado casados 15 años, vivían en un hogar confortable y eran ricos. Pero había problemas. Ya hemos mencionado uno de los defectos de Fred. También bebía muchísimo, pasaba la mayor parte de su tiempo en la fábrica de delantales y, en general, dejaba a Walburga de lado. Un buen día Walburga estaba cosiendo algo en su máquina de coser cuando ésta se atoró. Fred envió a uno de los muchachos de la fábrica a reparar la máquina. Otto Sanhuber, 17 años, apareció. El pequeño Otto medía una pizca menos de un metro y medio, tenía una barbilla retraída, ojos caídos y sufría de un severo caso de acné. Casi todo el tiempo le goteaba la nariz. Quién sabe qué química aparece entre nosotros los mortales. Antes de que terminara el día Walburga estaba bien, y muy al tanto de que las deficiencias que sobraban a su marido, ciertamente, no aplicaban a Otto. En cuanto a Otto, él pensó que había muerto y había ido al cielo.

Walburga y Otto no se cansaban el uno del otro. Cuando Fred abandonaba la casa cada mañana Otto se metía a escondidas en la casa para hacer el amor con Walburga. Mientras hacía lo suyo, Otto compartía el abundante abastecimiento de licor y alimento. Durante tres años esta idílica, pero riesgosa situación continuó. Walburga no podía pensar en la vida sin Otto. Para aliviar sus temores se le ocurrió una idea bizarra. Walburga sugirió a Otto que se mudara a la casa y ocupara el ático. Ella lo decoraría según sus requerimientos particulares: una vela, la cual no podía verse a través de la lona de la ventana. Otto tendría la mejor comida, habanos, vinos añejos y, además, tanto sexo como deseara. La ubicación de la puerta al ático era más bien accidental, pero no por eso menos conveniente (en el cuarto principal, directamente encima de la cama). Otto se mudó. El arreglo demostró ser ideal para todos los propósitos, si no tomamos en cuenta a Fred. El confinamiento no era tan malo para Otto, ya que podía disponer de la casa siempre que Fred no estaba, lo que era bastante seguido. Para pasar el tiempo, cuando no estaba haciendo su especialidad, Otto escribía historias de aventuras. Walburga las escribía a máquina y las enviaba a las editoriales. Al principio de todo, Otto obtuvo a cambio de su trabajo un cajón lleno de cartas de rechazo. Pero perseveró y comenzó a recibir cheques de forma regular. Walburga le abrió una cuenta en el banco. Fred se volvió una molestia a medida que pasaban los años. Siempre se quejaba sobre las grandes cuentas de comida. Sus cigarros siempre desaparecían. Cuando se quejaba sobre el ruido proveniente del ático, y no aceptaba la explicación de Walburga sobre los ratones correteando por ahí, ella le sugería que buscara ayuda psiquiátrica. Fred pronto se volvió un asiduo visitante del diván. Como diversión, generalmente, volvía a la casa con la cabeza en llamas y le daba unos cuantos golpes a su esposa. Walburga era filosófica: Era un precio pequeño a pagar. 

En 1913 los Oesterreich se mudaron, pero Otto no fue molestado. Walburga se había asegurado de que su nuevo hogar tuviera un ático cómodo. Hubo momentos donde casi los pillan. Un día Fred regresó a su casa de forma inesperada y encontró a Otto revisando la nevera. Creyendo que había aprehendido a un ladrón, Fred echó a Otto de la casa. Nunca se dio cuenta que estaba maltratando al amante de su esposa. Dos horas más tarde Otto estaba comiendo una cazuela de pollo sumergido en el ático de la casa. La extraña vida de Otto, Walburga y Fred transcurrió felizmente durante varios años, justo hasta la noche del 22 de agosto de 1922. Esa noche Fred llegó a casa borracho. Comenzó a golpear a Walburga. Otto, que ahora era mucho más esposo de Walburga que su cónyuge legal, se puso furioso. 

El pequeño sujeto bajó corriendo de su escondite en el ático, cogió una pistola calibre 25 de un estante y de forma poco ceremoniosa ventiló a Fred con más hoyos que un queso suizo promedio. Walburga, una pensadora rápida, inmediatamente se hizo cargo. Cogió el caro reloj de diamantes de la muñeca de su esposo. 

Le dijo a Otto que regresara al ático. Luego se encerró en un armario y pasó la llave por debajo de la puerta dentro del cuarto donde su marido Fred yacía bien muerto. Un vecino, que había oído los tiros, llamó a la policía. Liberaron a la histérica Walburga del armario. Le dijo a la policía que ella y su marido habían llegado a la casa y habían sorprendido a un ladrón. Fred se resistió cuando el intruso trató de quitarle su reloj. El intruso disparó. Luego la metió en el ropero y lo cerró con llave. La policía tenía algunas sospechas, pero creyeron la historia de Walburga a regañadientes. Los bienes de Fred estaban valorados en casi un millón de dólares, pero había muchos detalles a ser aclarados antes de que el dinero pasara a manos de la viuda doliente. Walburga contrató a un abogado, Herman Shapiro. Durante una de sus visitas a la oficina de Shapiro le dio un regalo: un reloj de diamantes. Shapiro recordó que el reloj de diamantes había sido retirado de la muñeca de Fred. 

Cuando le mencionó esto a Walburga ella sonrió y dijo que se había equivocado. Dijo que había hallado el reloj debajo de un cojín en la sala y simplemente quería dárselo a Shapiro como regalo. Una coincidencia complicó a Walburga. Hacía un año de la muerte de Fred. El Detective Herman Cline, el oficial a cargo de la investigación original del asesinato de Fred, apareció para charlar con el abogado Shapiro. 

Se quedó atónito mientras observaba el reloj del hombre muerto descuidadamente dejado en el escritorio de Shapiro. Cuando le preguntó, Shapiro le relató la historia que Walburga le había contado. Cline corrió a la casa de Walburga y se llevó a la viuda en custodia. Walburga llamó a Shapiro por teléfono con instrucciones explícitas: “Sube a la gran habitación de mi casa. Golpea tres veces en la puerta del ático. Hay alguien allí (un medio hermano que es una especie de vagabundo). Dile que me he ido a Milwakee”. Shapiro hizo lo que le dijeron. Allí apareció Otto. 

Shapiro contactó a un abogado criminalista, quien sugirió que Otto se fuera de viaje fuera del país. Otto tomó aquellos dólares que había acumulado por sus historias y se fue a Vancouver.

Mientras tanto, de vuelta a la prisión de Los Angeles, la policía liberaba a la viuda. Pasaron siete años. Walburga vivió de la herencia de Fred hasta 1930. Ahí fue cuando el abogado Shapiro tuvo problemas financieros y decidió ir a la policía. Walburga y Otto, que habían regresado a Los Angeles, fueron arrestados e inculpados por el asesinato de Fred. Otto fue hallado culpable de asalto. Como habían pasado las limitaciones, de tres años, fue liberado. Ahora, con 44 años, el pequeño galán salió caminando de la corte sin nada. 

Había pasado en total 19 años en oscuros áticos. En el juicio de Walburga el jurado no se puso de acuerdo. También fue liberada. Walburga, de 63 años, abandonó la sala de la corte con muchísimo dinero y dulces recuerdos.

10 dic. 2011

Susan Atkins



Esta mujer que ahora tiene más de 60 años, perteneció a lo que se le conoce como “La Familia Manson”

Charlie es Jesucristo. Yo maté a Sharon Tate”, le dijo Susan Atkins a su compañera de celda, Ronnie Howard. Susan había conocido a Charles Manson en una comunidad hippy. Su carisma y sus extravagantes ideas acerca de la redención y el fin del mundo debieron de parecerle irresistibles a esta californiana nacida en 1948, hija de padres alcohólicos y violentos, porque cayó rendida a sus pies y se manifestó dispuesta a formar parte de su extraña “familia”. Hasta entonces, la vida de Susan no había sido un camino de rosas. Más bien al contrario.

Se la ganaba bailando desnuda en clubes nocturnos. Manson apareció en el momento justo, como una revelación. Hablaba de sexo libre, drogas y rock & roll. Había cogido ideas de aquí y allá, sobre todo de la Biblia y de las filosofías orientales, y había tejido una doctrina de salvación.
Según ésta, “la familia” era la vanguardia de los 144.000 elegidos. El apocalipsis había llegado y el Juicio Final estaba a punto de comenzar. La población negra se disponía a aniquilar a la blanca. En el transcurso de esta guerra, él guiaría a sus elegidos hasta Agartha, el reino subterráneo en el que esperarían el momento para regresar como señores del mundo.

Con estos pájaros en la cabeza, Susan se marchó a vivir a una granja abandonada en el desértico Valle de la Muerte, en California. Aquel 9 de agosto de 1969, año del mítico festival de Woodstock, ella y otros tres “familiares” más recibieron órdenes precisas del profeta Manson. Debían ir a un domicilio de Beverly Hills, en el número 10.050 de Cielo Drive, con cuchillos y un revólver, y matar a sus habitantes.

Dicho y hecho. Nadie salió vivo de allí. Ni siquiera la actriz Sharon Tate, esposa del director Roman Polanski y embarazada de ocho meses. Pasaron por alto este detalle. O mejor dicho, lo aprovecharon para liberar su rabia. Cogieron el cuchillo, le asestaron hasta 17 puñaladas, que entre otras atrocidades le seccionaron los pechos, y dejaron que muriera desangrada. Cuanto más lloraba y suplicaba Sharon, más adrelina corría por las venas de los asesinos. Pero la barbarie no terminó: la mujer apareció colgada de una soga.

Susan Atkins declararía más tarde: “Yo maté a la perra mientras me suplicaba por su vida y la de su bebé. La maté porque estaba harta de oír cómo gritaba”. En la pared se podía leer la palabra “cerdos” escrita con la sangre de la víctima. Al lado, el título de una canción de Los Beatles, “Helter skelter”, que Manson había reinterpretado a su antojo. “Helter skelter” no era más que un tobogán en espiral típico de los parques británicos.

Pero en la cabeza de Manson, se convirtió en el holocausto que se avecinaba. Todos corrieron la misma suerte en la mansión de la colina de Bel Air: Jay Sebring, el peluquero de las estrellas, de 34 años, recibió un balazo y siete puñaladas; la millonaria Abigail Folger, de 25 años, murió a causa de 28 cuchilladas; en el cuerpo de su novio, Voytek Frykowski, de 32 años, se contabilizaron 51 puñaladas y dos disparos; y Steven Parent, un amigo del jardinero, fue asesinado por cuatro balazos.

La masacre fue la noticia de aquel verano. Se dijo que alguna secta satánica se había vengado de Polanski, que estaba de viaje por Europa, por el éxito de “La semilla del diablo”. Pero detrás se escondía un motivo mucho más prosaico. Al parecer, Manson, que tenía ínfulas artísticas, soñaba con un contrato que Terry Melcher, hijo de la actriz Doris Day y dueño de la mansión, le había negado.

Para Susan no había sido la primera vez. Junto a otro miembro del clan, Robert Beausoleil, había acuchillado al productor musical Gary Hinman el 31 de julio del mismo año. Tampoco iba a ser su último crimen. Un día después de la matanza de Cielo Drive, mataron a una pareja de comerciantes, Leno y Rosemary La Bianca. Volvieron a escribir en la pared “muerte a los cerdos” y el título de la canción de McCartney. Susan fue detenida por el asesinato de Gary Hinman. Su papel en la masacre había pasado desapercibida. Tal vez por eso se mostró tan confiada. Y un día, le contó toda la verdad a su compañera de celda, que la vendió a la policía a cambio de un trato de favor.

En diciembre de 1969 se dio el caso por cerrado. Se desarticuló “la familia”, de la que formaban parte 19 personas de clase media, cinco de ellas dispuestas a matar. Se alimentaban de los desechos de los supermercados, tenían armas y drogas, eran aficionados a las orgías y creían que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina. Cayó también el cerebro de la banda, el endiablado Charles Manson, que, curiosamente, no había manchado sus manos de sangre. Sin embargo, el testimonio de Susan Atkins, que se avino a colaborar con la policía, bastó para implicarle. El juicio fue un fenómeno mediático. Se condenó a muerte a Manson, Atkins y otros integrantes del grupo. Pero no fueron ejecutados porque en 1972 se abolió la pena capital en California. La sentencia fue conmutada por cadena perpetua. Cuatro años más tarde, otra miembro de “la familia”, Lynette Fromme, intentó asesinar al presidente Gerald R. Ford. Seguía creyendo en el fin del mundo y la salvación necesaria.

En aquel momento no se descubrió por qué habían cometido semejante atrocidad. Sólo se sabía que Manson había estado en aquella casa, al menos, en dos ocasiones. Y, durante un tiempo, la sombra del diablo siguió planeando sobre el caso. Se supo que Polanski había contactado con Anton Szandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, para el rodaje de su película, y que había revelado algunos secretos suyos.

Pero la verdad estaba aún por llegar. La actriz Melody Patterson, que había pertenecido a “la familia” durante un tiempo, reveló que el nudo de la madeja era, en realidad, el peluquero Jay Sebring: “Yo sabía que era un pervertido sexual. En el subsuelo de su casa, en Beverly Hills, había una sala con todos los refinamientos de un sádico. En Hollywood, muchas chicas estaban al corriente de sus gustos”.

A Patterson no le costó relacionar el asesinato de Tate y compañía con el del matrimonio La Bianca: eran los padrinos de Jay. Un amigo le dio más pistas: tres días antes de su muerte, Jay se había cruzado con dos chicas drogadas a las que se había llevado a casa. En su refugio, las había sometido a todo tipo de vejaciones sexuales. Eran Patricia Kerwinkel y Leslie Van Houten, dos miembros del clan Manson. Lo demás es historia.

1 dic. 2011

Rebecca Chandler y Larrabee Raven


Dos mujeres fueron arrestadas en Milwaukee, después de que un joven de 18 años le dijera a la Policía que fue atado y apuñalado cientos de veces en un encuentro sexual que “se salió de las manos”.

El hombre dijo a la Policía que había conocido a una de las mujeres en internet y había viajado a Milwaukee desde Phoenix, Arizona, para verla.

Entonces ella y su compañera de cuarto lo mantuvieron en su apartamento dos días y lo cortaron más de 300 veces, dice una declaración jurada firmada por el detective de la Policía, Michael Walisiciwicz, en el Condado de Milwaukee, reportó msnbc.com .

De acuerdo con la televisora, ambas mujeres, Rebecca Chandler y Larrabee Raven, se encontraban detenidas en la Cárcel del Condado de Milwaukee con una fianza de $ 150,000; y no se les habían presentado cargos.

De acuerdo con el reporte, cuando la Policía llegó al apartamento, Chandler, de 22 años, se les acercó y les dijo: “creo que está aquí buscándome”, según la declaración jurada.

Chandler dijo que ella y el hombre estaban teniendo relaciones sexuales, que incluía cortadas, y que el acto fue consentido, pero se les fue de las manos.

Chandler dijo a la Policía que su compañera de cuarto, a quien llamó “Scarlett”, hizo la mayor parte de las cortadas y que era posible que estuviera “participando en actividades satánicas o de ocultismo”, según la declaración. La compañera de cuarto fue identificada como Larrabee, de 20 años.

El hombre sufrió heridas en la espalda, cara, brazos, piernas y cuello y fue trasladado al Hospital de Froedtert en Wauwatosa.

En el apartamento de Chandler y Larrabee, la Policía encontró cuchillos, cinta adhesiva, cuerda, ensangrentada y “libros o literatura relacionada con el satanismo o el ocultismo”, incluyendo una copia de un libro de rituales nigrománticos titulado “Guía para la vida del hombre lobo “, indica la declaración jurada.