29 sept. 2012

Hebsiba Cecilia Cárdenas Cázares


Hebsiba Cecilia Cárdenas Cázares, Lucía Torres Rodríguez, de 31 y 28 años, respectivamente, así como un menor de 16, pariente de la víctima, quedaron a disposición de la representación social, luego de su detención en el mismo lugar de los hechos.

En sus declaraciones, el esposo de la víctima, refirió que estaba en su domicilio en compañía de su esposa y al salir de bañarse se percató de la presencia de tres sujetos que tenían el rostro cubierto con pasamontañas. Una de ellas portaba arma de fuego y los otros tenían cuchillos, con los cuales amagaban a su pareja. Durante el forcejeo, Hebsiba Cecilia, quien portaba la pistola, accionó el arma en contra de Araceli Mónica Cázares Maldonado, quien cayó a un costado de la cama, en tanto los otros dos agresores se abalanzaron contra su esposo, quien se defendió al forcejear con uno de ellos. 

Con el mismo cuchillo que lo atacaron, el denunciante lesionó a uno de sus agresores, percatándose que se trataba de una mujer, a quien reconoció como Lucía Torres; también logró quitarle la pistola al otro agresor, con la que lo golpeó en la cabeza para defenderse.

El otro atacante lo hirió por la espalda con el arma punzo cortante, para luego darse a la fuga del lugar. A través de vía telefónica solicitó apoyo de elementos policíacos, quienes encontraron en la cocina a la inculpada que estaba lesionada y en la recámara a la esposa del denunciante, por lo que llamaron a paramédicos para su atención médica, sin embargo, la señora, de 46 años, ya había fallecido. 

El afectado refirió que una de las agresores fue su propia hija, la amiga de ella y uno de sus sobrinos. La agresora refirió que actuó en contra de su propia madre por resentimiento, porque no la permitían ver a sus hijos.

Carolyn Warmus


El 15 enero de 1989, un profesor de escuela elemental de 41 años, Paul Solomon, recibió una llamada al atardecer. El hombre vivía en un lujoso condominio en el condado neoyorquino Westchester junto con su esposa Betty Jeanne, de 40 años, y su hija Kristan, de 14. 

Al otro lado de la línea se encontraba Carolyn Warmus, de 25 años, a quien Solomon había conocido en 1987 en una escuela elemental donde laboraban juntos. Pese a la diferencia de edad —o quizá por lo mismo— los dos mentores iniciaron un romance. 

La mujer provenía de una familia adinerada de Detroit. Siempre caprichosa y llena de privilegios, su padre le cumplía todos sus deseos, incluso después de que se divorció de la madre de Carolyn y se separó de la familia. Además de ser conocida por andar sólo con hombres casados, muchos de sus conocidos la apodaban La Esquizo, por su ostensible inestabilidad mental. Después de recibir la llamada, Solomon le dijo a su esposa que iba a jugar boliche, mientras que Kristan decidió quedarse a dormir en casa de una amiga. 

Solomon, efectivamente, estuvo un par de horas con sus conocidos. A las 7:15 de la noche, cuando el hombre se despedía de sus amigos, una mujer llamó al 911 gritando “¡Él me está matando!” La operadora preguntó el domicilio y el nombre de la mujer, pero ya no hubo respuesta. A las 7:45, Solomon y Carolyn se encontraron en un restaurante, de donde salieron a su nidito de amor. Cerca de la medianoche, el hombre llegó a casa. La televisión estaba a todo volumen y su esposa en el piso. Pensó que dormía, pero, cuando intentó despertarla, vio varios rastros de sangre.

El primer sospechoso en el asesinato de Betty Jeanne, baleada en ocho ocasiones, fue Solomon. Sin embargo, el registro del 911 le dio al hombre una coartada irrefutable: al momento de la llamada telefónica, Solomon se despedía de sus amigos del boliche. Inicialmente, Solomon evitó mencionar el nombre de Carolyn. Pero, cuando las autoridades apretaron el lazo al preguntarle en dónde había estado después del boliche, tuvo que despojarse de su disfraz de esposo modelo. El problema ahora era para la mujer, quien, de acuerdo con los investigadores, tuvo el tiempo suficiente para ir a la casa de los Solomon, asesinar a Betty Jeanne y después asistir a su cita con Paul. Cuando la policía fue al hogar de Carolyn encontró a una mujer vanidosa, superflua y aniñada. Dijo que no conocía a la esposa de Paul, aunque aceptó ser la amante de éste. 

Los detectives no creyeron la versión y acudieron al baúl del tesoro de las evidencias: el registro de las llamadas telefónicas. El rastreo de los números y lugares a los que llama un sospechoso es oro molido para un buen investigador. Salió a la luz el nombre de un detective privado, quien proporcionó el arma a Carolyn para —ella dijo— su “defensa personal”. Asimismo estaba el registro de un armero, quien fabricó un silenciador para la pistola. 

Finalmente apareció una mujer cuya tarjeta de crédito fue robada por Carolyn. Cuando comenzó el juicio contra Carolyn Warmus, los medios salivaron de placer. En primer lugar se supo que Paul Solomon vendió la historia del asesinato de su esposa y de su amasiato con la presunta homicida a la cadena HBO. Pero fue Carolyn la que cautivó al público al aparecer en la corte como una femme fatale sacada del cine de los años 40. Sus faldas extra cortas, su cabello rubio, sus zapatos de tacón de aguja, sus hermosas piernas largas convirtieron a las audiencias en una especie de pasarela. Por si algo faltara, la mujer soltaba sollozos fingidos, secándose los ojos con el pañuelo y expresando cosas como: “¡Lo hice! Pero alguien me puso una trampa, yo no quería hacerlo. 

Tengo tanto miedo de estar sola” Por varios meses, la vampiresa Carolyn Warmus trajo de cabeza a los medios, sobre todo cuando se demostró que no era en lo absoluto una rubia boba. Planeó y ejecutó el homicidio con sangre fría. Aparte de viajar muchos kilómetros para adquirir munición con una tarjeta de crédito robada, tuvo la tranquilidad de tocar el timbre de la casa de los Solomon, entrar, disparar contra Betty Jeanne, y finalmente fingir que era la víctima la que llamaba al 911 en busca de ayuda. 

El jurado no se dejó engatusar por la sirena y el juez John D. Carey rompió los pronósticos de que Carolyn recibiría 15 años de prisión, otorgándole 25. La mujer enfrentó su sentencia, ahora sí, sola: Solomon estaba ocupado con el drama televisivo de su vida y el padre u otro familiar de ella brillaron por su ausencia. 

Aun así, Carolyn Warmus jamás acudió a las audiencias con un solo pelo fuera de lugar.

28 sept. 2012

Patrizia (Reggiani) Gucci



Patrizia Gucci cumple una condena de 29 años de cárcel desde 1998 por encargar tres años antes el asesinato de su célebre marido, Mauricio Gucci, pero no tiene ganas salir de prisión. La viuda negra del mundo de la moda, conocida mundialmente por su frase "prefiero llorar en un Rolls que ser feliz en una bicicleta", seguro que echa de menos el lujo que dejó atrás desde su arresto, no así la libertad que le otorgaría aceptar el tercer grado penitenciario que el juez le ha propuesto. 


El único motivo que ha alegado la condenada al rehusar la oferta del juez es que no está dispuesta a trabajar. "Prefiero quedarme en mi celda y regar mis plantas, no he trabajado un solo día en mi vida", aseguró Gucci ante el tribunal. Según algunos medios, el trabajo que habría desempeñado la viuda del célebre estilista estaría vinculado a un lujoso restaurante etno-chic o a un gimnasio del centro de Milán. 



Patrizia Gucci, de 63 años, ha demostrado un comportamiento impecable durante los 14 años que lleva en la prisión de San Vittore en Milán. Se le ha permitido visitar a su madre Silvana y a sus dos hijas Allegra, de 29 años, y Alessandra, de 36, en el piso milanés donde la familia residía cuando su marido aún estaba con vida. Según ha explicado Gucci al juez, ha rechazado el tercer grado porque la salida semanal de la que ya disfruta desde 2005 le permite visitar la mansión que sus hijas tienen en Corso, Venecia, y disfrutar de algunas compras en lujosa Via Montenapoleone, la arteria que concentra las tiendas más lujosas del centro milanés. Patrizia Gucci era conocida en toda Europa por sus gustos caros y la ostentación que hacía de su lujoso modo de vida, algo con lo que su difunto marido quiso acabar en 1985 ofreciéndole 650.000 dólares por romper el matrimonio. La cantidad ofrecida fue para Patrizia una broma de mal gusto, ya que la fortuna del heredero de la casa de modas estaba ya en aquel entonces estimada entre los 120 y 180 millones de dólares. 



Despechada, Patrizia urdió el asesinato de su esposo. Dos sicarios acabaron pegándole tres tiros en la cabeza el 27 de marzo de 1995 ante el venerable "palazzo" del centro de Milán, donde dos años antes Maurizio había instalado sus oficinas tras vender su parte mayoritaria en Gucci a un grupo árabe. 



 El crimen estuvo desde un inicio envuelto en el misterio y llevó a la policía milanesa dos años de cabeza. Finalmente, salió a la luz una trama salpicada de celos, rencores familiares y disputas por la herencia del imperio. Cinco personas fueron detenidas, entre ellas una vidente Giuseppina Auriemma. La historia es carne de celuloide y lleva desde hace años a Ridley Scott detrás.

Sylvia Seegrist



Una asesina múltiple fue Sylvia Seegrist, nació en 1960, tenía 15 años cuando le diagnosticaron esquizofrenia;paranoide, a los 25 años fue que entró en un centro comercial en Springfield, Pensilvania, en 1985, y abrió fuego, matando a tres personas, entre ellas un niño de 2 años, y lesionando a varias más, antes de ser sometida. En el juicio, Seegrist le dijo al juez: “Apresúrate, hombre. Sabes que soy culpable. Mátame aquí mismo”. 


 Seegrist, quien expresó una profunda ira contra el mundo, fue calificada como demente criminal, y enviada a un hospital psiquiátrico. Antes del tiroteo, la mujer mostró interés en una matanza que acaparó los titulares en un local de McDonald en San Ysidro, California, y visitó un McDonald en el centro comercial de Springfield, y declaró en voz alta que podría repetir la matanza allí.