4 oct 2012

Locusta, la primera envenenadora de la Historia




Locusta nació en la Galia durante el siglo I. Al vivir en el campo, desde niña aprendió a conocer las propiedades de las plantas, tanto las beneficiosas como aquellas más perjudiciales.

Cuenta la leyenda que cada día probaba un nuevo veneno, hasta hacerse inmune a todos. Sus víctimas, en cambio, no habían tenido tal precaución.

Se convirtió en esclava de Roma, pero no le fue mal. Logró hacer fortuna allí, puesto que sus conocimientos eran muy estimados. Su especialidad eran los llamados polvos de sucesión, a base de arsénico fundamentalmente, aunque también solía emplear setas venenosas, cicuta, beleño y otras plantas.

Cuando había que deshacerse de un rival político o se deseaba cobrar una herencia, los romanos no tenían más que dirigirse a Locusta, porque, además, su trabajo era tan bueno que se conseguía que las muertes parecieran naturales. Se rumoreaba que la propia Mesalina había acudido a ella para librarse de Tito, el amante del que ya se había cansado.

 Agripina, última esposa del emperador Claudio, decidió recurrir a Locusta para desembarazarse de su anciano esposo. La emperatriz se entrevistó en secreto con ella y expuso el problema como si fuera una amiga suya la que precisaba de sus servicios. Locusta había sido sentenciada por envenenadora, de modo que Agripina le ofreció librarla de su condena a muerte si aceptaba el encargo. La mujer, por supuesto, accedió: nada tenía ya que perder.

Al día siguiente le entregaba a Agripina una cajita llena de polvo blanco. Le indicó que bastaría con poner una pequeña cantidad en la comida de la persona que se deseara eliminar, y que haría efecto en tan sólo medio día. Al saber que a la víctima le gustaban mucho las setas, le dio además a la emperatriz unas trufas similares en apariencia, pero mortales. De ese modo el emperador iba a ingerir veneno por partida doble. Por si aún fuera poco, Locusta le proporcionó coloquíntida para apresurar los efectos del veneno, e impregnó en el mismo la pluma con la que se hacía vomitar al emperador al introducirla por su garganta.

El 12 de octubre del año 54, después de haberle hecho servir mucho vino a su esposo, Agripina le llevó personalmente las setas. Ella misma comió una, y animó al emperador a probar la más grande. Claudio se abalanzó confiado sobre ellas. Al cabo de seis horas de haberlas ingerido comenzó la terrible agonía, hasta entrar en coma por fallo hepático y fallecer poco después. Durante todo ese tiempo Agripina no había dejado de mostrarse como esposa solícita, interesándose por la causa de su mal. La envenenadora aún tendría un nuevo golpe de suerte: la muerte del emperador no habría de ser el último encargo que recibiría por parte de la familia imperial.

Ahora el sucesor era Nerón, el hijo de la emperatriz, y mientras Locusta se encontraba encerrada en un calabozo de palacio, Nerón quiso eliminar a Británico, el hijo de Claudio, un niño que cumplía 14 años por esas fechas. Para eso también él la necesitaba. El nuevo emperador le ofreció la libertad a Locusta si le hacía ese servicio. La envenenadora accedió y con ello no sólo resolvía su propia situación, sino que al mismo tiempo se convertía en una persona muy útil.

Alojada espléndidamente en palacio, en los propios aposentos del emperador, hizo un primer intento de hallar el veneno adecuado al caso. Por un exceso de prudencia, para asegurarse de que no parecería un crimen, el primero no produjo los resultados deseados, y sólo tuvo como consecuencia una diarrea del joven. Nerón, desatada su furia, abofeteó a Locusta y la amenazó con la muerte si no cumplía eficazmente sus órdenes.

Para asegurarse de no fallar la próxima vez, experimentó antes el veneno con una cabra. El animal tardó 5 horas en morir, lo que pareció demasiado lento a Nerón. Por tercera vez prepara Locusta su veneno y lo ensaya en un cerdo, que por fin muere con la prontitud apetecida. Poco después le llegaba la hora a Británico.

Sucedió en un banquete del emperador, con un vino. Aunque fue probado primero por un catador de venenos, estaba demasiado caliente y hubo de ser refrescado con agua. El arsénico y la sardonia iban precisamente en esa agua. En pleno banquete Británico comenzó a sufrir horribles convulsiones. Nerón, impasible, le restó importancia afirmando que se trataba de uno de sus ataques epilépticos e hizo que lo sacasen del salón.

 Ninguno de los presentes osó expresar en voz alta las sospechas de que el hijo de Claudio había sido envenenado. Horas más tarde moría Británico y era enterrado esa misma noche. Su cadáver se quemó y se enterró en el Campo de Marte sin demasiada pompa y sin disimular la precipitación. Dion y Tácito mencionan que en ese momento cayó una violenta lluvia que delataba la furia de los dioses.

No hay comentarios:

Publicar un comentario