30 ene. 2015

Magdalena Solís

Al parecer, alguna "persona" no lee las entradas ni los recados que dejo en este blog.. xD ¿A caso dije que yo la había escrito? No, entonces NO ME VENGAS CON ESTUPIDECES de niño de kinder. Borre la entrada, ya que me encontré una MUCHO mejor y más completa que lo que supuestamente, escribiste. 

Tomado de Escrito con Sangre 



“Nuestra diosa necesitaba beber sangre para mantenerse eternamente joven”.
Un miembro de la secta


Magdalena Solís nació en la década de 1930 en Ciudad Victoria, Tamaulipas (México). Provenía de una familia de escasos recursos y, muy probablemente, disfuncional. Aparentemente, comenzó a ejercer el oficio de la prostitución a temprana edad; oficio en el que laboraría hasta su unión, junto con su hermano Eleazar Solís (quien también fungía como su proxeneta), a la secta de los hermanos Santos y Cayetano Hernández, en 1963. Eran dos embaucadores que fundaron una extraña agrupación. Fingían ser dioses, por lo que su grupo pedía el dinero de sus fieles y exigían tener sexo con sus seguidoras. A principios de 1963, los hermanos Hernández convencieron a los pobladores de la remota aldea de Yerbabuena de que los dioses incas que supuestamente habitaban en una montaña cercana, estaban dispuestos a darles fabulosas riquezas a cambio de su lealtad inquebrantable y sus favores sexuales. Los crédulos campesinos ni siquiera se daban cuenta de que los incas eran de origen peruano y no mexicano

A finales de 1962 y principios de 1963, los hermanos Santos y Cayetano Hernández, un par de delincuentes de poca monta, idearon una estafa, que ellos creyeron era brillante y sería la solución a todos sus problemas monetarios. Llegaron al pequeño pueblo de Yerba Buena, una comunidad marginada del estado de Tamaulipas, al norte de México, con un poco más de cincuenta habitantes, todos ellos sumidos en la pobreza extrema y en su mayoría analfabetas. Una vez allí, se autoproclamaron profetas y sumos sacerdotes de los “poderosos y exiliados dioses incas”.

Les dijeron a los indios que los dioses Incas, a cambio de adoración y tributos, les otorgarían tesoros escondidos en las cuevas de las montañas aledañas al poblado; y que pronto vendrían a reclamar la potestad sobre su antiguo reino, y castigarían a los incrédulos. Los Hernández, por completo ignorantes de la mitología inca de Perú, convencieron a muchos de los habitantes de Yerba Buena quienes, presos de la ignorancia y la miseria, creyeron en tal absurdo. Así fundaron una secta relativamente nutrida; exigieron a los adeptos tributos económicos y sexuales, tanto a mujeres como a hombres.

Los Hernández pasaron de ser unos simples ladronzuelos a estafadores y esclavistas sexuales; organizaban orgías durante las cuales usaban diversos narcóticos. Los aldeanos limpiaron las cuevas de la ladera para usarlas como los templos de los elaborados rituales de los hermanos. Los hombres y mujeres del pueblo se convirtieron en juguetes sexuales de los hermanos, con la esperanza de atraer buena fortuna a la aldea. Desesperados por mejorar su situación, los aldeanos entregaron todo su dinero y pertenencias personales. Se les prometió que aparecería un “tesoro místico” oculto en las cavernas de la montaña.

El culto funcionó sin problemas durante un tiempo. Pero después de tres meses de sacrificios sexuales, ninguno de los dioses hizo una aparición o envió mensajes, y no hubo ningún cambio discernible en la calidad de vida o el trabajo. Los creyentes comenzaron a impacientarse al no cumplirse las promesas divinas. Entonces, los líderes de la secta idearon un plan: decidieron llevar a los dioses a la gente. Para ello, fueron a Ciudad Victoria en busca de prostitutas que quisieran formar parte de la farsa. Ahí contactaron a Magdalena Solís y a su hermano Eleazar, quienes accedieron.

Durante un ritual, presentaron a Magdalena Solís como la reencarnación de una diosa inca, con ayuda de un truco de magia barato: una cortina de humo. Ella se mostró desnuda ante todos, lo que despertó la excitación y los arrebatos místicos de los pobladores. Pero no contaban con que Magdalena se creería su papel. Tras su ingreso al grupo, Magdalena desarrolló una grave psicosis teológica: era una fanática religiosa, sufría de delirios y mostraba una marcada disfunción sexual, que se expresaba en su necesidad patológica por consumir sangre. También practicó el incesto, el fetichismo y la pederastia. Con estas características, poco después de entrar a la secta, Magdalena tomó el mando. Para ese entonces, dos adeptos, hartos de los abusos sexuales, quisieron abandonar la secta. Los demás creyentes, presas del miedo, los acusaron ante los sumos sacerdotes. La condena de Solís fue clara: pena de muerte para los herejes. Los dos infortunados fueron linchados por los aterrados adeptos. Otros disidentes fueron nombrados "Los Incrédulos" y señalados como el blanco de sacrificios humanos. Durante un período de seis semanas, ocho campesinos fueron golpeados hasta la muerte durante ceremonias rituales. El sacrificado era brutalmente golpeado, quemado, cortado y mutilado por todos los miembros del culto. Posteriormente era desangrado hasta morir. El ritual también incluía el uso de narcóticos como marihuana y peyote. Para complacer a los dioses sedientos de sangre, la gente de Yerbabuena bebía la sangre de sus amigos y vecinos en copas ceremoniales.

Ahora utilizaban elementos extraídos de la mitología mexica: “La sangre era el único alimento digno para los dioses, a través de ella preservaba su inmortalidad nuestra diosa. Necesitaba beber sangre para mantenerse eternamente joven”, diría uno de sus seguidores. Para ese momento, Magdalena Solís afirmaba ser la reencarnación de la diosa mexica Coatlicue. Las siguientes seis víctimas fueron sacrificadas en rituales más organizados, ideados por los hermanos para tener el efecto máximo. El punto culminante del rito era cuando todos bebían la sangre de sus víctimas, mezclada con sangre de pollo.

Un ritual fue presenciado por un forastero que se encontró con la escena. El estudiante Sebastián Guerrero, de catorce años, atraído por las luces y los ruidos que salían de una de las cuevas, entró a investigar; se encontró con un terrible espectáculo: en silencio observó la atroz muerte que sufría una de las víctimas. Salió huyendo y caminó varios kilómetros hasta la ciudad más cercana, para ir a la estación de policía local. Los agentes se rieron cuando les dijo que había visto a un grupo de vampiros bebiendo sangre humana en una caverna, pero insistió tanto que lo enviaron de regreso a la comunidad acompañado de un oficial, Luis Martínez, para corroborar la historia. Ninguno de los dos volvió.

Varios días después, la policía y los soldados de Ciudad Victoria, capital del estado de Tamaulipas, fueron enviados a investigar el sitio. El 31 de mayo de 1963 encontraron los cadáveres descuartizados del oficial Luis Martínez y de Sebastián Guerrero, así como evidencia macabra de otros asesinatos. A Martínez le habían arrancado el corazón. Magdalena y Eleazar fueron encontrados en una casa cercana, llena de marihuana. Se desencadenó un tiroteo con la policía y el ejército, en el cual murió Santos Hernández.


Magdalena Solís y doce de sus seguidores fueron llevados a juicio a partir del 13 de junio de 1963. Cada uno de ellos recibió una pena de prisión de treinta años. Su condición de analfabetismo y pauperismo sirvieron de atenuantes. No fue hasta años después que algunos ex miembros de la secta hablaron de los horrores del culto. En honor de esta asesina, una banda de rock belga que tomó su nombre: "Magdalena Solís".

*Esta historia la pueden encontrar en el libro de donde saque el nombre del blog y que tengo en formato físico.